Como a Gabriel Dan en el Hotel Savoy de Joseph Roth, me gusta asomarme a la ventana y ver los patios llenos de perros, los niños jugando a la pelota y la ropa húmeda tendida en hilos de alambre frente a las villas. A mis pies, muy cerca de la ventana, se despliegan melancólicos tejados metálicos cubiertos de nieve, rematados por chimeneas de aspecto decimonónico y reminiscencias victorianas que expulsan un humo que parece sano y agradable a un cielo extrañamente claro para la época. Una pequeña iglesia ortodoxa de cúpulas azules se recorta ante los bloques anodinos de factura comunista. Por encima de ellos, los últimos tres pisos del Hotel Intercontinental y la azotea plagada de antenas marcan el límite de la ciudad ante el cielo, que siempre nos parece inalcanzable.En la calle ha pasado algo, algo que sólo importa a los perros. Ladran y corren en manada hacia el lugar del suceso, libres, orgullosos y relajados como sólo pueden serlo en Bucarest. Un hombre corta leña con un motosierra. Alguien intenta hacer un boquete con un pico en una pared, y en un margen de la calzada dos muchachos agitanados manipulan el motor de un viejo Dacia sin conseguir arrancarlo.
4 comentarios:
¡Qué frío, Marcel! ¡Qué puto frío!
Qué dices, Sarapo! Aquí hemos remontado y ya vemos la entrada de la primavera. O estás hablando de Avilés? Un gran abrazo, M.
¡Qué bien volver a leerte! Sí, yo también quisiera ser embajador de EE.UU en cualquier parte. Casi lo consigo este sábado con un gin tonic en el Albaycín, pero la tarde rojiza se esfumó. Un beso, Marcel.
Mola com escrius curtet estos últims dies. Un plaer pasar per ací.
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