lunes 28 de noviembre de 2011
Las muchachas y el señor B.
En una gasolinera tomamos café con el hombre que nos ha vendido el viejo Dacia para pasear turistas por el Bucarest comunista. Es un hombre del pasado, muy vivo y razonable. Después de dos años en el paro se ha empleado en un restaurante libanés y habla de su nuevo trabajo con ilusión de adolescente. No tiene ambiciones ni grandes pesares, sólo quiere seguir con trabajo y que tratemos bien a su Dacia. Ayer habló con ella por última vez y la tranquilizó: los nuevos dueños te quieren bien. Por si como temía él al principio pensaba que la entregaríamos al plan Renove. Como estará aparcada cerca de su casa ha dicho que irá a verla cada cierto tiempo. El señor B. es de una inocencia envidiable, inconcebible para un hombre de sus años y circunstancias. La gasolinera está cerca de un liceo y nos rodea una desbordante soldadesca de adolescentes que toma café y juega a las cartas. Las muchachas son espléndidas. De una sensualidad incontenible. Con el gesto relajado del señor B. sorbiendo el café componen un cuadro perfectamente coherente.
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