Se impone desde el principio un tono apagado, como clandestino. En voz muy baja se dicen, sin embargo, cosas muy razonables.
El idealismo articulado del inglés. El realismo de caja baja del francés, desnudo pero ligero.
Sobre mis respuestas, en voz más alta que al principio parece grito:
- Me gusta recordar mi primer trabajo de periodista en Rumanía, cuando siendo erasmus entre 2006 y 2007 escribí para El País y para El Mundo.
Primero, en vísperas de Navidad, de la condena del comunismo del presidente Basescu.
Más tarde, en primavera, del impeachment parlamentario de Basescu y del referéndum que lo confirmó en el puesto.
- Me gusta no caer en el estereotipo sobre los estereotipos. Vengo a decir que se puede escribir sobre un tema tópico sin caer en tópicos falsos: si quieren Ceausescu les doy Ceausescu, pero sin sacarlo del ataúd.
Si les parece noticia (es mera hipótesis) que cien fueran a llorar a su tumba les cuento que allí estaban, sin hacerlos el símbolo de una nostalgia general que da bien pero no existe.
- Me gusta no llamar a la lucha contra los estereotipos sino a ignorarlos.
Hay que corregir las visiones deformadas, no compensar las deformaciones. Por desgracia no soy capaz de decírselo tan claro a la periodista.
No porque Rumanía tenga mala fama hay que evitar los temas lesivos para la imagen de Rumanía.
Pongo como ejemplo -y no estoy seguro de que me explique- aquel artículo sobre la prohibición de los nombres raros, que fue portada en los digitales de El País y El Mundo.
Algunos rumanos me recriminaron venderles como un país grotesco, abundando en el tópico. Les dije que no, que simplemente es verdad y lo cuento, sin establecer relaciones de causa con la pobreza, la falta de educación o los traumas poscomunistas.
Cuando desde otros países se ha escrito de lo mismo nos hemos reído sin dramas sociales ni remordimientos identitarios. Por qué no hacer lo mismo con Rumanía.
Más sobre este tema.
Me gusta decir -aunque a algunos les parezca una obviedad a mí no- que el tiempo y el contacto con la realidad rumana me han apartado de las historias románticas y los lugares comunes. (Ver el link de más arriba del primer texto que escribí desde aquí, para El País.)
Un ejemplo. Cuando llegué buscaba con ahínco secuelas del pasado comunista. Toda fábrica abandonada era una metáfora del fracaso del comunismo.
Aliviada la excitación romántica, sé que la fábrica abandonada no es metáfora de nada. Sus cristales rotos y las paredes desconchadas no tienen ninguna maldición ideológica ni soportan el peso de la Historia.
Son sólo la muy prosaica consecuencia de la inacción de unos hombres que han tenido veinte años para hacer algo (y no lo han hecho).
La cercanía y la atención nos sacan de la falacia narrativa (Nassim Nicholas Taleb, El Cisne Negro) de la que tanto vive el periodismo, del causa-efecto sexy y vacío y de las explicaciones cerradas y coherentes, cinematográficas.
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